La muerte es un tema tabú en nuestra sociedad. No es mi intención analizar aquí por qué no queremos ser conscientes de ella sino por qué nos podría beneficiar serlo.
A pesar del culto al cuerpo existente en nuestra sociedad, la muerte forma parte de la vida y como tal hay que aceptarla. Independientemente de las creencias personales que lleven a pensar en otra vida o en el más allá, el mero hecho de saber que algún día no habrá "más aquí" nos puede ayudar.
A librarnos del orgullo y la vanidad, porque algún día no seremos nada.
A no tener miedo a correr riesgos, porque algún día lo perderemos todo.
A no obsesionarnos con acumular posesiones, porque algún día las tendremos que dejar atrás.
A no temer a la vergüenza ni al ridículo, porque algún día desaparecerán con nosotros.
A no dejar para mañana lo que queremos y podemos disfrutar hoy, porque quizás el mañana no llegue.
A luchar por lo que queremos y no por lo que los demás nos imponen, porque ésta es nuestra vida y no la suya.
A dedicar más tiempo a quienes estimamos, queremos o amamos, porque algún día ni ellos ni nosotros estaremos aquí.
A cuidar del mundo en que vivimos, porque algún día solo seremos la huella que hemos dejado en él.
Imagino un paseo por un cementerio y pienso en las palabras de Steve Jobs:
"Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida. Porque prácticamente todo, las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso, se desvanece frente a la muerte, dejando solo lo que es verdaderamente importante. Recordar que uno va a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón".
REFERENCIAS:
Discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford:
https://www.youtube.com/watch?v=HHkJEz_HdTg
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domingo, 20 de abril de 2014
domingo, 3 de noviembre de 2013
Tengo un problema
Frase típica de ese curioso animal que es el ser humano. A veces tenemos la cabeza tan nublada por un problema que no podemos pensar con claridad. Habrá que desenmarañar la madeja.
Tendremos que comenzar definiendo el problema, es decir, la situación inicial de la que partimos y el estado final al que queremos llegar. El resultado que queremos conseguir habrá de ser realista, posible, realizable, y no necesariamente perfecto. Tendremos que centrarnos en los hechos y no en las emociones. Trabajaremos con un solo problema a la vez, de manera que si tenemos varios problemas los analizaremos de uno en uno.
Una vez tengamos definido el problema, plantearemos soluciones, todas las que podamos, cuantas más mejor, no importa si son buenas o malas, en principio valen todas. Podemos conseguir ideas pidiendo opinión a otra persona, como un familiar o un amigo (cuidando de que no sea alguien que tenga intereses en juego en el asunto a tratar); podemos buscar información sobre el tema en Internet; podemos adquirir distancia y una nueva perspectiva del problema imaginando qué haría otra persona en nuestra situación...
Para no liarnos es conveniente utilizar una hoja de papel. Dividiremos la misma en tres columnas y escribiremos a la izquierda todas las soluciones que se nos ocurran, dejando algo de espacio entre ellas.
Cuando hayamos estrujado nuestra mente hasta que ya no se nos ocurra ninguna otra solución, pasaremos a analizar pros y contras, que escribiremos en la segunda y tercera columna de la hoja, respectivamente. Pensaremos también qué es lo mejor y los peor que puede ocurrir si seguimos cada una de las alternativas planteadas.
Tras analizar las diversas opciones, las ordenaremos de mejor a peor, de más a menos eficaz, asignándoles un número. Empezaremos asignando un 1 a la mejor solución, un 2 a la siguiente y así sucesivamente.
Puede ocurrir que haya alternativas que no sean mejores ni peores que otras, simplemente sean distintas. En este caso lanzaremos una moneda o un dado al aire para elegir al azar y evitar que nos ocurra lo que al asno de Buridán, que murió de hambre al no poder elegir racionalmente entre dos montones de heno equidistantes.
El siguiente paso será echarle valor y poner las soluciones en práctica. Quizás nos equivoquemos, pero el mayor error sería no hacer nada y no intentar solucionar el problema. Si una solución no resulta eficaz intentaremos analizar el motivo y pasaremos a la siguiente opción. Tanto si conseguimos solucionar el problema como si no... ¡Enhorabuena por haberlo intentado!
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