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domingo, 20 de abril de 2014

Cosmos

Basta echar un vistazo a una noche estrellada para empezar a hacerse una idea de la inmensidad del universo. Y eso que, cuando leventamos la cabeza hacia el cielo, la parte del universo que nos resulta visible es sorprendentemente reducida. Desde la Tierra solo son visibles a simple vista unas 6.000 estrellas, y solo pueden verse unas 2.000 desde cualquier punto. Nadie sabe cuántas estrellas hay en la Vía Láctea. Los cálculos oscilan entre unos 100.000 millones y unos 400.000 millones. Y la Vía Láctea solo es una de las 140.000 millones de galaxias, muchas de ellas mayores que la nuestra.

Una galaxia es un conjunto de estrellas, nubes de gas, polvo cósmico y planetas unidos gravitatoriamente. El popular astrónomo Carl Sagan, a quien debemos una bella definición de Cosmos ("todo lo que es, o lo que fue, o lo que alguna vez será"), calculó que el número probable de planetas del universo podía llegar a ser de hasta 10.000 millones de billones, un número absolutamente inimaginable. La Tierra es solo uno de ellos.

En la Tierra habitan millones de especies. La especia humana, el denominado Homo sapiens, es tan solo una de ellas. La humilde existencia de los miles de millones de personas que habitan este planeta transcurre además entre peces, aves, reptiles, anfibios, plantas, hongos, insectos...

A pesar de la vanidosa importancia que nos damos, el mundo no lo componemos solo nosotros, existía antes de que llegásemos y seguirá existiendo tiempo después. Por eso, aunque a veces nos lo parezca, ni nosotros ni nuestros problemas son tan importantes. Es conveniente no dramatizar las situaciones que nos preocupan intentando, en cambio, ponerlas en perspectiva. Desesperar y dramatizar no es práctico, no nos va a ayudar en nada. Por el contrario, relativizar los problemas nos permitirá reservar nuestra energía para dedicarla a encontrar una solución. 

En definitiva, mantened la calma y recordad que, pase lo que pase, el mundo seguirá girando.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Bryson, Bill (2005): "Una breve historia de casi todo". Barcelona: RBA Libros.

lunes, 24 de marzo de 2014

Ave de paso

Contaba el prestigioso filósofo Bertrand Russell que la cultura china le había enseñado a pensar en largos períodos de tiempo, y a no verse reducido a la desesperación por la maldad del presente.

En esta vida jugamos con dos ventajas: primera, que todo lo malo es temporal (la propia vida es temporal); y segunda, que no podemos predecir el futuro, por lo que en igualdad de condiciones solo nos queda esperar lo mejor.

A veces perdemos la perspectiva y pensamos que algunas situaciones que nos parecen insoportables no cambiarán nunca, como le ocurre al adolescente que llega a su casa llorando tras volver de clase porque allí se burlan de él, sin tener en cuenta que dentro de un tiempo estará demasiado ocupado con su trabajo y su familia, o con otros proyectos, como para acordarse siquiera de la mezquindad de sus antiguos compañeros. O como le sucede al enfermo sumido en una profunda depresión, que no es capaz ni de imaginar volver algún día a disfrutar de algo.

La Real Academia Española define la desesperación como la pérdida total de la esperanza, y ésta a su vez como un estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. Lo cierto es que la esperanza no tiene nada que ver con la realidad, que será lo que tenga que ser, sino con lo que nosotros esperamos de ella. ¿Por qué no intentar esperar lo bueno si no tenemos motivos que justifiquen esperar lo contrario?

Puede que en algunos momentos de nuestra vida conseguir esto nos resulte una ardua tarea. Como decía el político italiano Sandro Pertini, "a veces en la vida hay que saber luchar no solo sin miedo sino también sin esperanza".

Con esperanza o sin ella, lo importante es vivir.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Russell, Bertrand (1961): "The Basic Writings of Bertrand Russell". Edited by Robert E. Egner and Lester E. Denonn. London: Routledge.